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Aulas en llamas: la educación infantil durante la Guerra Civil española (1936-1939)

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Aulas en llamas: la educación infantil durante la Guerra Civil española (1936-1939)

El 18 de julio de 1936, cuando el golpe militar fracturó España en dos, también partió en dos la escuela. De un día para otro, los maestros se convirtieron en sospechosos, los libros de texto en objetos peligrosos y las aulas en espacios donde el futuro de una nación se disputaba con la misma intensidad que en los frentes de batalla. Para millones de niños españoles, la infancia quedó marcada de manera indeleble por una experiencia escolar que distaba mucho de ser ordinaria.

Dos escuelas para una misma guerra

La contienda no solo dividió el territorio; también generó dos proyectos educativos antagónicos que respondían a visiones radicalmente distintas del ser humano, la patria y el conocimiento. En la zona republicana, la herencia de la Segunda República intentó mantenerse viva: la escuela laica, mixta y racional que había promovido la Institución Libre de Enseñanza seguía siendo el horizonte, aunque la guerra la sometía a tensiones enormes. En la zona nacional, la Iglesia católica y el Ejército sellaron una alianza pedagógica que recuperaba el crucifijo, el catecismo y el culto al orden jerárquico como pilares de la formación infantil.

Esta fractura no fue meramente administrativa. Afectó al lenguaje que los niños aprendían, a los héroes que memorizaban, a los mapas que colgaban en las paredes y, sobre todo, a la imagen del enemigo que se les transmitía desde el primer día de clase. Aprender a leer en 1937 significaba, dependiendo del bando, descifrar consignas sobre la revolución o sobre la cruzada.

Los libros de texto como armas ideológicas

Pocos documentos históricos revelan con tanta crudeza la instrumentalización de la infancia como los manuales escolares producidos durante la guerra. En el territorio republicano proliferaron cartillas de alfabetización en las que las sílabas se asociaban a palabras como «milicia», «libertad» o «frente». Organismos como las Milicias de la Cultura enviaron maestros voluntarios a las trincheras para alfabetizar a los soldados, convencidos de que la ignorancia era también una forma de derrota.

En el bando nacional, los textos escolares adoptaron un tono marcadamente religioso y patriótico. La figura del Caudillo comenzó a aparecer en las portadas y en los ejercicios de caligrafía. La Historia de España se reescribía para presentar la sublevación militar como un acto de salvación frente al caos «rojo». Los santos y los héroes imperiales —el Cid, los Reyes Católicos, Carlos V— poblaban las lecturas como modelos de virtud y sacrificio.

En ambos casos, el libro de texto dejaba de ser un instrumento de conocimiento para convertirse en un vehículo de adoctrinamiento. La diferencia estaba en el contenido del mensaje, no en la lógica de su imposición.

El maestro en tiempos de guerra

Si los libros eran las armas, los maestros eran los soldados de esa otra guerra. Su situación fue, en muchos casos, trágica. Cientos de docentes republicanos fueron fusilados, encarcelados o depurados por las autoridades nacionales al tomar el control de sus localidades. La Comisión de Cultura y Enseñanza del bando sublevado depuró a más de veintisiete mil maestros entre 1936 y 1943, inhabilitándolos para ejercer su profesión o sometiéndolos a sanciones severas.

Del lado republicano, la situación no fue menos dramática. Muchos docentes se incorporaron a las milicias o fueron movilizados, dejando las aulas vacías o en manos de sustitutos improvisados. Otros continuaron enseñando bajo las bombas, en sótanos o en locales requisados, con materiales escasos y el miedo como compañero constante.

Los testimonios de algunos de estos maestros, recogidos décadas después por historiadores como Gregorio Camino o preservados en archivos como el del Ateneo de Madrid, ofrecen una imagen desgarradora y al mismo tiempo admirable de la resistencia pedagógica. «Enseñar en aquellos días era un acto de fe», recordaba una maestra valenciana en sus memorias. «No sabíamos si al día siguiente seguiríamos vivos, pero mientras pudiésemos, abríamos la escuela».

Rituales y cotidianidad escolar bajo el fuego

Más allá de los contenidos, la guerra transformó los rituales cotidianos de la escuela. En la zona nacional, cada jornada comenzaba con el brazo en alto, el canto del «Cara al Sol» y una oración. Las imágenes de Franco y José Antonio Primo de Rivera presidían las aulas junto al crucifijo. Los niños aprendían que el sacrificio por la patria era la más alta de las virtudes.

En la zona republicana, los rituales también existían, aunque revestían formas distintas. Los himnos revolucionarios, las asambleas escolares y las colectas para el frente formaban parte de la vida escolar. En algunas ciudades, como Valencia o Barcelona, las escuelas organizaban visitas a hospitales de campaña o talleres de fabricación de material sanitario en los que participaban los propios alumnos.

La infancia, en ambos lados, quedaba militarizada. No con fusiles, sino con canciones, consignas y ceremonias que inscribían en los cuerpos infantiles la lógica del conflicto.

Los niños evacuados: aprender en el exilio

Un capítulo especialmente doloroso de esta historia es el de los miles de niños que fueron evacuados al extranjero durante la guerra. Los famosos «niños de la guerra» —aproximadamente treinta mil menores enviados a la Unión Soviética, México, Francia, Bélgica y el Reino Unido entre 1937 y 1938— continuaron su educación en el exilio, en escuelas organizadas por los gobiernos de acogida o por las propias comunidades de emigrantes republicanos.

En la URSS, los llamados «niños de Morelia» en México o los acogidos en los hogares vascos de Francia recibieron una educación que intentaba preservar la lengua, la cultura y la memoria de una España que ya no existía para ellos. Muchos no regresarían jamás, o lo harían décadas después, convertidos en adultos que habían aprendido a leer en ruso, en francés o en inglés, pero que guardaban en su memoria la imagen de una escuela española interrumpida por la metralla.

Una lección para el presente

Estudiar la escuela durante la Guerra Civil española no es solo un ejercicio de memoria histórica. Es también una invitación a reflexionar sobre la naturaleza de la educación y su relación con el poder. Toda escuela transmite valores, construye identidades y selecciona qué del pasado merece ser recordado. En tiempos de paz, ese proceso puede pasar inadvertido. En tiempos de guerra, se hace visible con una claridad brutal.

Para los docentes de hoy, analizar los libros de texto de 1937, los rituales del aula franquista o las cartillas republicanas de alfabetización es una herramienta poderosa de pensamiento crítico. Permite preguntarse: ¿qué valores transmite nuestra escuela actual? ¿Quién decide qué se enseña y qué se silencia? ¿Puede existir una educación verdaderamente neutral?

La respuesta que ofrece la historia es inequívoca: la escuela nunca ha sido un espacio aséptico. Y precisamente por eso, comprender cómo funcionó en los momentos más extremos nos ayuda a ser más conscientes de cómo funciona en los momentos ordinarios. Esa conciencia es, quizás, la mejor herencia que podemos extraer de aquellas aulas en llamas.

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