Tertulias y tribuna: el café decimonónico como escuela de ciudadanía en la España liberal
Hay una imagen que el siglo XIX español dejó grabada en su propia memoria: un grupo de hombres —y en ocasiones, excepcionalmente, algunas mujeres— inclinados sobre una mesa de mármol, entre el humo del tabaco y el tintineo de las tazas, discutiendo con ardor sobre la Constitución, la monarquía, el federalismo o la situación de las clases trabajadoras. Esa imagen no es una idealización romántica. Es, con matices, una descripción bastante fiel de lo que ocurrió en los cafés españoles durante décadas, y su importancia para la historia política del país es difícilmente exagerable.
El café como institución política
En la España de la primera mitad del siglo XIX, el espacio público era un territorio en disputa. La prensa estaba sometida a censuras intermitentes, los partidos políticos modernos apenas comenzaban a tomar forma y la mayor parte de la población carecía de los derechos civiles más elementales. En ese contexto, el café emergió como uno de los pocos lugares donde el debate ideológico podía desarrollarse con relativa libertad.
El Café del Parnasillo, en Madrid, fue durante los años 1820 y 1830 el cuartel general de la generación romántica española. Allí se reunían el duque de Rivas, Mariano José de Larra y José de Espronceda, entre otros. Pero no solo se hablaba de literatura: las conversaciones saltaban con naturalidad entre el análisis de la situación política, la crítica a los gobiernos absolutistas y la defensa de las ideas liberales que llegaban de Francia e Inglaterra. El café era, en este sentido, un espacio de formación política informal donde se leían periódicos en voz alta, se comentaban los últimos decretos y se forjaban alianzas entre personas que de otro modo jamás habrían coincidido.
Decenios más tarde, el Café de Levante y el Café Universal de Madrid, o el Café de las Delicias en Barcelona, cumplirían funciones similares para nuevas generaciones de demócratas, republicanos y, más tarde, socialistas y anarquistas. El café era, antes que cualquier otra institución, la primera escuela de ciudadanía de la España contemporánea.
Figuras que pensaron en voz alta
No es posible entender la historia política española del siglo XIX sin pasar por sus cafés. Emilio Castelar, el gran orador republicano que llegaría a presidir la Primera República en 1873, era un asiduo de las tertulias madrileñas donde afinaba sus argumentos antes de llevarlos al Congreso. Francisco Pi y Margall, el teórico del federalismo español, debatió en estos espacios las ideas que luego plasmaría en Las nacionalidades, obra fundamental del pensamiento político ibérico.
En Barcelona, el fenómeno adquirió características propias. Los cafés del Paralelo y del Ensanche acogieron debates en los que confluían el catalanismo político emergente, el republicanismo federal y las primeras organizaciones obreras. Figuras como Valentí Almirall, impulsor del primer Congreso Catalanista en 1880, habían forjado buena parte de sus posiciones en estos intercambios informales antes de trasladarlos a la arena institucional.
Lo relevante desde el punto de vista didáctico es que estos hombres no llegaban a los cafés con sus ideas ya formadas para exponerlas ante un auditorio pasivo. El debate era genuino, a menudo encendido, y las posiciones se modificaban en el proceso. El café funcionaba como un espacio de deliberación colectiva que los teóricos contemporáneos de la democracia reconocerían sin dificultad como un ejemplo temprano de lo que Jürgen Habermas denominó esfera pública burguesa.
La tertulia como concepto histórico y herramienta didáctica
El concepto de esfera pública —ese espacio de debate racional entre ciudadanos que actúa como mediador entre la sociedad civil y el Estado— resulta abstracto y difícil de trabajar en el aula cuando se presenta de manera teórica. Los cafés del siglo XIX español ofrecen un ejemplo histórico concreto, geográficamente cercano y culturalmente reconocible que permite anclar ese concepto en la experiencia de personas reales.
Para los docentes de historia de bachillerato o de los últimos cursos de secundaria, este tema ofrece posibilidades metodológicas muy ricas. A continuación se proponen algunas actividades estructuradas:
Actividad 1: La tertulia reconstituida
El grupo-clase se divide en pequeños grupos que representan distintas corrientes de opinión presentes en los cafés del siglo XIX: liberales moderados, progresistas, republicanos federales y carlistas. Cada grupo recibe un breve dossier de fuentes primarias —fragmentos de prensa de la época, discursos parlamentarios, cartas— y debe preparar una posición sobre un tema concreto: la Constitución de 1845, la revolución de 1868 o la cuestión social. A continuación, se celebra una tertulia simulada en clase.
Esta actividad trabaja simultáneamente la comprensión de fuentes históricas, la argumentación oral y el conocimiento de las corrientes ideológicas del siglo XIX.
Actividad 2: El periódico del café
En el siglo XIX, los periódicos se leían en voz alta en los cafés y servían como detonante del debate. El alumnado elabora un número ficticio de un periódico de la época —eligiendo una fecha significativa, como el inicio del Sexenio Democrático en 1868— que incluya noticias, editoriales y cartas de lectores que reflejen las distintas sensibilidades políticas del momento. El ejercicio obliga a comprender no solo los hechos históricos, sino también el lenguaje y los marcos interpretativos con que los contemporáneos los vivieron.
Actividad 3: Debate sobre la esfera pública hoy
Una vez trabajado el contexto histórico, el docente puede abrir una reflexión sobre la continuidad y la transformación de estos espacios. ¿Existen hoy equivalentes del café decimonónico? ¿Las redes sociales cumplen una función similar? ¿Qué condiciones hacen posible un debate público genuino y cuáles lo dificultan? Esta discusión conecta el pasado con el presente y desarrolla el pensamiento crítico sobre la democracia contemporánea.
Lo que las tertulias nos enseñan sobre la historia política
Estudiar los cafés del siglo XIX como espacios de formación política implica reconocer que la historia no la hacen solo los grandes líderes en los momentos de crisis. La política se fabrica también en los márgenes, en las conversaciones aparentemente informales, en los espacios donde las ideas circulan antes de adquirir forma institucional. Esta perspectiva, próxima a la historia social y cultural, enriquece enormemente la comprensión del proceso político y lo hace más accesible para el alumnado, que puede reconocer en esas tertulias algo parecido a sus propias experiencias de debate y socialización.
La España que sacudieron las revoluciones del siglo XX —la Segunda República, la Guerra Civil— no surgió de la nada. Se incubó, en buena medida, en esas mesas de mármol donde varias generaciones de españoles aprendieron, entre taza y taza, que la política era un asunto demasiado importante para dejarlo solo en manos de los gobernantes.